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Ver la Versión Completa : Solo cuentos!!!


Flochi
16-ago-2005, 22:43
este es uno de mis favoritos. :feliz:

Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.
*Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.
Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.
El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.
La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.
*No es el mejor modo de combatir la ansiedad *dije.
Me miró; sonrió levemente.
*¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
*No hay más que verte.
*¿Psicólogo?
*Curioso.
Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.
*Uruguayo*mentí.
Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
*Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros, esta noche cenamos juntos.
*¿Y si no?*preguntó.
*Nos encontraríamos para el café.
*Ya no tengo ansiedad *dijo y volvió a sonreír*. A las nueve, aquí mismo.
La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.
Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.
*Magnífica*dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, pequeños y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Buscó mi sexo y al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: "Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente".
Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.
*Alguna vez fue refugio de los guanches* dijo a media voz.
*¿Los guanches?
*Los primeros habitantes de la isla* completó.
"Y ahora será tu tumba", pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de **** de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.
* Aquí no se pueden sacar fotos *bromeó.
*No pienso sacar fotos *dije.
La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.
*No entiendo *dijo y había sorpresa en su espanto.
*No es necesario que entiendas *dije.
*Hay un error *dijo, casi suplicante*. Tiene que haber un error.
Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.
Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.
*Me llamo Mercedes Gasset *oí*. Hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.
Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.


del libro "El final de la calle", de Vicente Battista. © 1992 Emecé

Flochi
18-ago-2005, 01:18
yeah its kinda twisted (like me)...but cool :jiji:

Jessie
18-ago-2005, 01:46
La Hormiguita Rebelde

Había una vez una preciosa hormiguita, que vivía junto a sus

cariñosos padres, en una límpia y ordenada casita que se

encontraba situada en el jardín de la familia Pérez.

La hormiguita se llamaba Clara.

Clarita,como le decían sus padres , estaba acostumbrada a que

toda la atención de la familia estuviera centrada sobre ella, y

siempre habia sido muy, pero muy mimada.


Ella era una hormiguita muy peculiar, pués siempre estaba muy

arregladita, y nunca salía de su casa si no llevaba un gran lazo

bien planchado y llamativo en su cabeza. Era presumida y se

veía a si misma como la hormiguita más linda y distinguida de la

ciudad.

Pero un día algo muy importante le sucedió , por lo que

debió tomar una resolución de carácter urgente. Esa

mañana, como cada día, después de bañarse,

cepillarse los dientes y vestirse, Clara fué a la habitación de su mamá

para que la peinara y le pusiera con gran cuidado el gran lazo

en su cabecita.

Pero al entrar a la habitación, encontró a sus padres

contemplando embelesados a cuatro lindas y sonrientes

hormiguitas, las cuales ya tenían en sus cabecitas los lazos

idénticos a los que ella siempre había usado, pero más pequeños.

Los padres de Clarita, habían estado esperando con ilusión desde

la madrugada la hora de informarle a su hija mayor, que acababa

de recibir cuatro hermanitas. Al verla, los dos extendieron sus

brazos hacia ella, para que se acercara y asi conociera a

Claudia, Cleotilda, Clavela y Claré, sus recién nacidas

hermanitas.

- Ven Clarita, acercate para que conozcas a tus nuevas

hermanitas. dijo la feliz madre.

Clara caminó lentamente, con los ojitos inmensos y sin

pestañear, hasta la cunita donde se encontraban los bebés. Pero

al instante dió media vuelta y salió corriendo de su casa.

Después de correr durante unos minutos, escuchó las voces

de algunos de sus compañeritos del colegio, quienes caminaban

del otro lado de los árboles . Clara decidió pasar a través de

los árboles para encontrarse con ellos y contarles sobre su gran

tragedia. Sus padres la habían traicionado. Cómo era posible que

hubieran llevado a vivir a su casa a cuatro hormiguitas, y que

no solo les estuvieran dando amor, sino que además, les hubieran

colocado en sus cabecitas los lazos que eran de su propiedad

exclusiva. Ella era la única hormiguita que llevaba lazos en su

cabeza, y eso era parte importante de su personalidad, y la

distinguía de las demás.

Cuando Clara saludó a sus amiguitos, se dió cuenta de
que todos la miraban con gran asombro.

- Hola, qué les pasa? Hablenme. dijo Clara.

Y de pronto se dió cuenta de que no se había puesto
el lazo por haber salido corriendo de su casa.

- Ahhhhh!!! gritó clara muy fuerte, mi lazo, mi
lazo!!! y corrió nuevamente hacia los árboles y
se quedó ahí escondida hasta que sus amiguitos
decidieron alejarse.

-Qué extraña se veía sin su lazo, verdad?

- Si, al principio yo no la reconocí.Comentaban sus
amiguitos.

Clarita lloró y lloró sentadita sobre una hojita
fresca que acababa de caer de un árbol.

- Ya no podré volver al colegio nunca más. Qué
día tan espantoso. Y todo por culpa de esas hormiguitas
entrometidas y antipáticas que llegaron a mi casa esta
mañana.

Clarita había decidido no regresar nunca más a su casa.
Pero una hora más tarde comenzó a sentir mucha hambre.

Salió de entre los árboles y comenzó a caminar.
Entonces comenzó a notar algo muy extraño.
Todo su cuerpecito se sentía muy liviano. La sensación
era divertida y maravillosa. Se desplazaba con mayor
rapidéz y facilidad. Nunca se había dado cuenta de
cuanto pesaban sus bellos lazos de colores.

Entonces vió acercarse hacia ella a dos señoras hormigas
que iban conversando animadamente. Entonces, una de ellas
se acercó a Clara y le dijo:

- Hola hormiguita, pero que linda eres.

- Gracias señora.

Clara estaba extrañada, pués nunca antes nadie
le había dicho nada parecido en la calle.

Clara siguió su camino, y cada vez se sentía
mejor. No sólo su caminar era más ligero y divertido,
sino que le habian dicho que era una linda hormiguita,
a pesar de no llevar su lazo como cada día.

Al llegar a su casa, vió a su madre paradita en el
jardín esperandola.

Clara corrió hacia su mamá y la abrazó con fuerza.

- Mami, mami.

- Clarita, dónde estabas. Tu papá fué al colegio a
llevarte tu lazo y no te encontró. Ahora está muy
preocupado buscándote por el bosque.

- Mamá, no quiero nunca, nunca jamás usar esos feos
y pesados lazos.

- Pero porqué Clarita?

- Porque hoy me di cuenta de que los lazos no me
dejan correr y divertirme con libertad, además,
yo creí que era una hormiguita especial gracias
a mis lazos, pero ya sé que no es así. Yo quiero
ser yo, y no necesito usar nada en mi cabecita
para que mis amiguitos, mis padres y mis maestros
me quieran.

Mientras su madre la observaba embelesada y orgullosa,
Clarita entró a la casa, le quitó los lazos de las
cabecitas a sus hermanas y las abrazó y besó a todas
a la vez.

El padre y la madre de Clarita entraron y las vieron
y todos rieron felices.


FIN

nEOmOW
26-dic-2005, 20:16
He akí el cuento mas corto de todos!! :elmejor:


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

:laola: :bow: :laola:

nEOmOW
29-dic-2005, 17:44
Arturo el inmortal



Arturo o Artús es, sin duda alguna, el más conocido de los héroes celtas.

Alcanzó su mayor popularidad durante la Edad Media, cuando las hazañas de sus seguidores, los Caballeros de la Tabla Redonda, impresionaron sobremanera a la Europa Occidental.

La iglesia permitió con ciertas limitaciones que este mito celta, una vez cristianizado, alcanzara gran protagonismo en la fantasía medieval.

La Iglesia nunca vio con buenos ojos la historia del Santo Graal - también llamado Grial, Sangreal -, supuestamente llevado a Gran Bretaña por José de Arimatea, dado que sus milagrosas propiedades se derivaban claramente del caldero mágico celta, cuyo contenido concedía riquezas además del poder de la reencarnación.

Muestra del aprecio del pueblo por el mito artúrico fueron los disturbios ocurridos en 1113, en la población de Bodmin (Cornualles), al no admitir los servidores de unos nobles franceses que visitaban entonces el país la condición inmortal del apreciado héroe.

Aunque algunas de las primeras histories que hablan de Arturo se encuentran en poemas galeses, no hay duda de que el Rey guerrero forma parte de las tradiciones heroicas de Irlanda y Gales.

Arturo aparece en numerosas leyendas irlandesas, una de ellas describe cómo consiguió robar los sabuesos del líder feniano Finn MacCool, durante uno de sus más osados ataques.

Sin embargo, como guerrero, cazador de jabalís mágicos, exterminador de gigantes, brujas y monstruos e, incluso, como líder de unos caballeros cuyas aventuras les llevaron a experimentar maravillas y misterios incontables, Arturo tiene mucho en común con Finn MacCool.

Según Nennius, monje del siglo IX, el admirado héroe fue un líder histórico que levantó al pueblo británico contra los invasores anglosajones tras la partida de las legiones romanas.

Los relatos de Nennius mencionan doce victorias de Arturo pero no dice nada acerca de su muerte, relatada un poco más tarde en una historia galesa.

Esta historia asegura que en el 537, tanto Arturo como su acérrimo enemigo Modred cayeron en la batalla de Camluan.

Arturo era hijo del rey británico Uther Pendragon y de Igraine, esposa del duque Gorlois de Cornualles.

Fue concebido fuera del matrimonio y criado lejos de sus padres por el mago Merlín.

El hábil Merlín ya había ideado para Uther Pendragon un baluarte mágico donde ubicar la famosa Tabla Redonda en la que podrían tomar asiento 150 caballeros.

Esta mesa tan especial puede tener cierta conexión con ]osé de Arimatea, cuando menos porque contaba con un lugar especialmente reservado para el Santo Grial.

Se decía que mantuvo vivo a José de Arimatea cuando estuvo preso en Palestina.

Más tarde lo llevó consigo a Gran Bretaña, extraviándose después a causa de la vida pecaminosa de sus gentes.

La recuperación del Santo Graal se convirtió en la gran gesta de los Caballeros de la Tabla Redonda.

Tras la muerte de Uther Pendragon, los Caballeros de la Tabla Redonda no sabían cómo reconocer quién sería su próximo Rey.

Decidieron que Merlín les indicara el camino.

El mago les dijo que el sucesor de Uther sería aquel que pudiera extraer la espada mágica clavada en una piedra que había aparecido misteriosamente en Londres.

Años más tarde, Arturo asistía a su primer torneo en Londres.

Uno de los competidores era un caballero del que el muchacho era escudero por orden de Merlín.

Encontrándose sin espada, envió a Arturo a conseguir una.

Sin saber el significado del acero clavado en la piedra, Arturo lo extrajo y se lo entregó al atónito caballero.

Así se dio a conocer el sucesor de Uther Pendragon.

Incluso entonces hubo caballeros que no aceptaban a Arturo.

Con ayuda de Merlín pudo el joven Rey vencer a sus oponentes y pacificar Inglaterra.

Su dependencia de la magia fue evidente durante los primeros años de reinado.

Tras desenvainar su espada contra uno de sus hombres sin causa alguna, Arturo se sintió abatido al ver cómo se quebraba la hoja.

Viéndole desarmado, Merlín le salvó sumiendo al caballero en un profundo sueño.

En otra ocasión, cuando el apesadumbrado Rey vagaba sin rumbo por la villa de un lago, vio con asombro primero una mano y luego un brazo que surgía de las aguas empuñando otra espada mágica: Excalibur.

La Dama del Lago, le entregó la famosa espada asegurándole que sería su más firme apoyo.

Armado de nuevo y lleno de confianza, Arturo se convirtió en un excelente rey.



Venció a los anglosajones, ayudó al rey Leodegraunce de Escocia en sus guerras contra los irlandeses, e incluso llevó sus campañas hasta las puertas de Roma.

Como recompensa por esa ayuda, el rey escocés le concedió la mano de su hija Ginebra.

Al principio Merlín se opuso a este enlace, ya que conocía el amor que sentía Ginebra por sir Lancelot, el más apuesto de todos los Caballeros de la Tabla Redonda.

Sin embargo, más tarde dio sus bendiciones a esa unión.

No obstante, la Reina y Lancelot se hicieron pronto amantes y cuando Arturo lo descubrió, Lancelot huyó a Bretaña.

Arturo persiguió a sir Lancelot y lo sitió en su fortaleza bretona.

Sin embargo, hubo de levantar el asedio al conocer que su sobrino sir Modred, en su ausencia, había sitiado Camelot e incluso había obligado a Ginebra a casarse con él tras hacerla creer que el Rey había muerto en campaña.

De vuelta a Inglaterra, Arturo reunió a sus caballeros pare combatir a los rebeldes.

Antes de la batalla, se acordó que el Rey y su sobrino se encontraran con sus respectivos ejércitos para intentar la paz.

Como no se fiaban el uno del otro, ordenaron a sus hombres iniciar el ataque si veían desenvainar una sola espada.

Un caballero descuidado empuñó la suya para matar una serpiente, la terrible batalla comenzó y el resultado fue la pérdida de la flor y nata de la caballería británica.

Solamente dos caballeros de Arturo sobrevivieron en el campo sembrado de muertos y moribundos.

El Rey, aunque victorioso, tuvo que ser transportado por estos caballeros ya que se encontraba muy malherido.

Sabiendo que llegaba su fin, arrojó la espada Excalibur a un lago, donde fue rápidamente recogida por una mano y luego, tras embarcarse en una nave mágica, desapareció.

Sus últimas palabras fueron para decir que se iba a Avalon a curarse de sus heridas para regresar un día y guiar nuevamente a su pueblo.

La inscripción de la tumba de Arturo en Glastonbury recoge la idea celta de la reencarnación, diciendo: "Aquí yace Arturo, el que Rey fue y el que Rey será".

Sin embargo, esa inmortalidad no fue suficiente pare proteger su debilitado reino de los anglosajones.

Todo el mito artúrico gira en torno a la desintegración del vínculo de caballería establecido por la Tabla Redonda, sentimiento de unión destruido por el odio implacable entre Arturo y Modred.

nEOmOW
29-dic-2005, 21:48
Luz de luna



Las últimas horas Braont había estado divagando por el bosque, lejos de su poblado, todo empezó cuando él había salido a vigilar las cercanías de la fortificación donde el habitaba con todos los suyos, en los últimos meses habían sufrido algunos ataques de una de las tribus vecinas.

En la zona donde se encontraba el poblado de Braont, la espesura del bosque era tal que permitía un grupo no demasiado numeroso el aparecer y desaparecer en cuestión de segundos sin que se pudiera apreciar su presencia con la suficiente antelación, si además era una de esas mañanas en las que la niebla envolvía el bosque la situación era aún más peligrosa.

Pero el poblado de Braont llevaba allí mucho tiempo, desde que el padre de su abuelo llegó procedente de tierras más al norte en busca de buenos pastos y bosques en los que subsistir, y aquel robledal salpicado de grandes hayas era ya un lugar sagrado para su pueblo, los druidas se internaban en la espesura del bosque donde tenían sus altares, a los que nadie excepto ellos osaban acercarse.

Aquella noche de fina lluvia, el joven guerrero estaba preparado para vengar las afrentas recibidas por los suyos en los últimos días, Braont se separó del grupo para buscar un sitio desde el que poder tener mejor visibilidad sobre esa parte del bosque, una vez hubo andado unos metros, observó a los lejos una gran piedra granítica que se elevaba justo debajo de las copas de algunos árboles, sin duda alguna ese era un buen punto desde él que podría observar los movimientos en el bosque.

El joven se dispuso a escalarla para poder comprobar la bondad de aquel punto de vista, dejó todas sus armas en el suelo, excepto el puñal corto que siempre guardaba trás sus pantalones, la piedra apenas presentaba fisuras a las que poder agarrarse, además su base estaba sembrada de pequeñas rocas puntiagudas que hacían más peligrosa la escalada en caso de caída, pero esto no pasaba por la mente de Braont, a la hora de tener que enfrentarse ante cualquier medio de la naturaleza, las dificultades no empañaban su valor, era lo que le habían enseñado a él, y de lo que siempre se jactaban sus antepasados.

Una vez superados los diez u once pasos necesarios para poder llegar a la cima, diose cuenta de que aquella roca extraña y difícil de escalar estaba justo en aquel momento orientada en la dirección en la que se encontraba la luna,

Braont calculó por la posición de la luna respecto al bosque que debía ser medianoche, ahora empezaba a soplar una suave brisa que no era demasiado fría pues la estación veraniega ya había llegado,

En las cercanías de su poblado todos se reunieron días atrás para celebrar la llegada de los meses calurosos, ya habían prendido fuego a las hogueras como ofrenda a los dioses para que el resultado de las cosechas fuera bueno y sus almas se purificaran de malos espíritus.

De pronto el guerrero quedó cegado por una luz de la que no pudo ver su procedencia, Braont se agacho sobre al apendice puntiagudo en el que terminaba la roca, y se asió con las dos manos para evitar perder el equilibrio debido a la falta de visión, pasaron algunos segundos y un sudor frío empezo a resbalar por su frente, en este breve tiempo su mente había estado dando vueltas a un ritmo trepidante sobre la situación en la que se encontraba.

Su primera idea era que estaba frente a la manifestación de alguna divinidad del bosque que moraba en las cercanías de esa piedra, y él había osado entrar en sus dominios, se encontraba frente a lo único a lo que sus mayores le habían enseñado a temer.

Pronto comprendió que en esa situación su fin estaba cercano, aunque sus ansias juveniles de vivir le obligaron a seguir pensando, él había sido buen seguidor de las enseñanzas de los druidas, siempre había sido respetuoso al extremo en los sacrificios a los dioses, y ahora se preguntaba porque había caído en su desagrado.

Mientrás tanto la luz había ido disminuyendo en intensidad sin que el céltico guerrero lo hubiera apreciado pues mantenía sus ojos sellados de temor, luego escucho un susurro seguido de una brisa de aire que le dio suavemente en la cara como devolviendole el aliento a su espíritu, se reanimo de tal forma que abrió los ojos, al hacerlo poco a poco fue teniendo una visión clara de lo que frente a él se encontraba, desde la misma luna una intensa luz iluminaba un cuerpo de mujer joven, Braont se fijó poco a poco más en ella.

Vestía blanca túnica, su pelo era como el de Braont, del color de los camps que los suyos cosechaban al inicio del mes más caluroso, del color del sol, su gesto era dulce.

En ese instante el guerrero apreció que la mujer que se encontraba frente a él no se apoyaba sobre ningún elemento, y sin embargo estaba a la misma altura que él sobre la cima de la roca, su temor volvió a aflorar, era el miedo a lo sobrenatural, a lo divino, pensó que la única solución era saltar de esa roca y salir corriendo a encontrar al resto de su grupo antes de que ese espíritu decidiese mostrar su poder, tensó sus músculos y se dispuso a saltar al suelo, la altura de la roca era como de unas diez veces la longitud del cuerpo de Braont, pero eso no le importaba, solo quería correr y seguir viviendo.

Cuando estaba dispuesto a saltar, la mujer que estaba frente a él callada, sonrío con dulzura, y Braont que seguía teniendo un miedo atroz, se quedó parado unos segundos perplejo frente a la belleza de la imagen que frente a él se encontraba, era como si fuese teniendo menos miedo por instantes.

Así transcurrieron unos segundos más, durante los cuales el joven no se atrevío a pestañear, ni por un segundo relajó sus musculos que estaban prestos a realizar el arriesgado salto, pero de pronto la luz fue perdiendo intensidad hasta que desapareció del todo, Braont aún permaneció unos instantes mirando el bosque en la dirección en la que la luna proyectaba su luz, pero ya no veía a la joven.

El aire volvió a soplar de nuevo y el guerrero se encontró de pronto de nuevo en la consciencia de su situación anterior, los demás del grupo seguro que debían andar buscándole y él no podía saber que tiempo había transcurrido desde que se separó de ellos, para él había sido como una eternidad.

Destrepó los pasos de roca hasta llegar a la base de la piedra, recuperó el resto de sus armas y empezó a correr en la dirección en la que había abandonado el grupo, tras avanzar unos metros se volvío a mirar hacia la roca y la zona del bosque más iluminada que ahora se encontraban detrás de él, la luna seguía clareando esa parte del denso hayedo como si fuese pleno día.

Braont volvió a inciar su carrera y mientras se dirigía al encuentro de sus compañeros, recordó como una vez su abuelo anciano le contó que los dioses siempre veían con agrado a los guerreros más nobles y valerosos, y como un guerrero de la tribu, cuando vivían en los bosques del norte, una noche fué envuelto por una espesa niebla que le llevó lejos de su casa, y que al volver contó a los druidas del poblado que se había encontrado con el espíritu que moraba en el bosque, y que como tras contarlo y a pesar de ser un guerrero valeroso fue rechazado por los druidas y a partir de entonces fue perdiendo estima entre los suyos.

Pero Braont pensaba que a él no le pasaría lo mismo, el no iba a contar nada en el poblado sobre lo que le había acontecido, aunque ¡por Lugh!, estaba seguro de que esa noche se había encontrado frente al espíritu de la mismísima luna en el bosque, y estaba seguro de que él y los suyos esa noche iban a vencer a sus enemigos de la tribu vecina, esa noche iban a contar con una ayuda inestimable, esa noche les iba a ayudar la LUNA.

nEOmOW
29-dic-2005, 21:59
La inquietante leyenda de la calavera.



Cuentan que hubo una vez un hombre, dueño de una granja en Irlanda, que un día discutió fuertemente con su hijo único.

Tras la discusión nunca más volvieron a hablarse, y, al poco tiempo, el joven murió repentinamente.

Tal era el odio que el padre aún albergaba en su corazón que no se presentó en el funeral de su propio hijo, ni acudió al cementerio cuando lo enterraron.

Pasó el tiempo.

El granjero se convirtió en un hombre taciturno y poco sociable.

Aún así, cumplía con las obligaciones ciudadanas y cuando murió un vecino fué al entierro.

Al término de la ceremonia, el granjero se quedó un rato en el cementerio.


Paseando por entre las tumbas, encontró una calavera.

Por aquellos tiempos, los sucesos sobrenaturales estaban a la orden del día, y así sucedió que la calavera, con un crujido inquietante, movió las mandíbulas para hablar:

-Mañana –le dijo- pasaré la noche en tu casa, con la condición de que vuelvas tú más adelante a hacerme compañía en el cementerio.


El granjero, convencido de hallarse ante alguna señal del otro mundo, no dudó en aceptar.

Además, decidió buscar un testigo e invitó al cura a visitarle la siguiente tarde. Cuando estaban cenando, se oyeron unos golpes secos en la puerta.



Aunque nadie abrió, una calavera apareció de repente encima de la mesa.

Ante la estupefacción de los dos comensales, el esqueleto dió buena cuenta de las viandas, y desapareció.

A la noche siguiente, el granjero se armó de valor para cumplir con su parte del trato, aunque esta vez no obtuvo compañía.

Se introdujo en el cementerio y buscó la calavera entre las tumbas donde la había encontrado la primera vez, sin suerte.



Al lado de la iglesia, había una escalera con tres peldaños, junto a un prado.

El granjeró los bajó, y se encontró de repente ante una escena surgida de la niebla en la que vió hombres enzarzados en una sangrienta pelea, con palas de madera y guadañas.


Al verle, los contendientes se dirigieron a él preguntándole:

-¿Acaso buscas una calavera descarnada? Mira a ver en este campo de al lado, buen hombre.

Asustado por el tono de voz de ultratumba que proferían aquellos hombres, el granjero pasó corriendo al campo de al lado, para encontrarse en medio de una refriega salvaje entre hombres y mujeres.


También entonces detuvieron su pelea, para decirle:

-¿Buscas un cráneo blanqueado? Se acaba de ir al campo de aquí al lado.

Lleno de miedo, huyó el granjero y llegó ante una casa que parecía haber aparecido por arte de magia.

Sin pensarlo dos veces, penetró en su interior.

Nada más entrar un fuego ardió en la chimenea, y junto al hogar vió una dama y una criada.

La primera, desconsolada y aterida de frío, caminaba de un lado para otro, intentando acercarse al fuego, pero la criada la apartaba a empujones.

Al verlo, le miraron con unas vacías cuencas de ojos y le dijeron:

-Si buscas la calvera, la encontrarás en la habitación de al lado.

Allí corrió a refugiarse el pobre granjero.

Por fin, vió sobre el suelo, en un rincón, cubierta de polvo blanco, a la calavera deslucida.

Pero no estaba sola, tres figuras se hallaban tras ella, como sombras de raídos ropajes negros, tres mujeres desgreñadas, pálidas y frías.

Con una voz que parecía un eco, la calavera orden



-¡Mujer!¡Dale de cenar a nuestro invitado!

Con una actitud más propia de zombie que de viviente, la mujer se adelantó tambaleándose para poner sobre la mesa un poco de pan negro y una sucia jarra con agua.

El hombre, no se atrevió a probar aquello.

Entonces la voz de la calavera sonó de nuevo desde el oscuro rincón:

-¡Mujer! ¡Da la cena a nuestro invitado!

Una seguna mujer arrastró los pies hasta la mesa, en la que colocó aún menos cantidad y peor comida y bebida. La voz de la calavera tronó entonces:

-¡Mujer!¡La cena para el invitado!

Y un tercer guiñapo humanoide se apresuró hacia la mesa, pero está vez de sus manos surgieron manjares y bebidas apetitosas, y el hombre, por fín, comió y bebió hasta hartarse.

Luego descubrió que la calavera se hallaba ante él, sobre la mesa, y una luz parecía brillar en los cuévanos:

-Voy a explicarte cuánto has contemplado, hombre, pues tu valor y arrojo lo merecen.

Fueron los hombres contendientes en vida vecinos que luchaban entre sí por tierras que tenían unas junto a otras, y movían las estacas, y cambiaban las margenes, y ahora tienen que luchar entre sí por siempre.

Los hombres y mujeres enzarzados en cruel pelea fueron parejas casadas en vida que solían enfrentarse en sus casas, y ahora así seguirán por toda la eternidad.

La señora que viste aquí al lado, muerta de frío, fue en vida cruel con su criada, y ahora sufre la venganza hasta el Día del Juicio.

Y las tres mujeres oscuras, esas eran mis esposas.

La primera siempre me trató mál, la segunda peor, y la tercera me cuidó bien, y así he querido que siga siendo.

En cuanto a tí, desgraciado, viniste a mí por no asistir al funeral de tu hijo, y sí fuiste sin embargo al de un extraño.

Dime, ¿cuánto tiempo crees que ha pasado desde que saliste de tu casa?

-En la tarde de ayer salí a buscarte, calavera- respondió titubeante el granjero.

-Aquí llevas setencientos años- sentenció la voz del cráneo-.

Una oportunidad te queda, vuelve al cementerio, busca la tumba de tu hijo, póstrate ante él, y arrepiéntete, quizá aún puedas obtener el perdón.

Volvió el hombre a hacer el camino de vuelta, recorriendo tierras que le parecieron extrañas, hasta llegar al viejo cementerio.

Encontró la desvencijada tumba de su hijo, se arrodilló en tierra y pidióle perdón.

El suelo se resquebrajó silenciosamente entonces, de las profundidades surgió una mano, sujetó la suya, y como jirones de niebla, ascendieron al cielo los espíritus del padre y del hijo.

nEOmOW
30-dic-2005, 12:06
La maldición de Macha

Crunden, hijo de Agnoman,vivía en una parte solitaria del Ulster, entre las montañas, y tenía un buen pasar; pero su esposa había muerto, y él tenía sobre sí el cuidado de sus cuatro hijos.

Un día estaba sentado en la casa cuando vio entrar por la puerta a una mujer, alta y agraciada y bien vestida, que sin decir palabra se sentó junto al hogar y se puso a encender el fuego.

Fue después a donde estaba la harina, la sacó y la mezcló, y asó una torta.

Y al atardecer tomó una vasija y salió a ordeñar las vacas, pero en todo el tiempo no dijo palabra.

Volvió después a entrar en la casa, y se dio una vuelta hacia la derecha, y se quedó la última en pie para tapar el fuego.

La mujer se llamada Macha, allí permaneció, y Crunden se casó con ella.

Ella los atendía a él y a sus hijos, y todo lo que tenía el hombre prosperaba.

Un día se dispuso una gran asamblea de los hombres del Ulster para hacer juegos y carreras y toda clase de entretenimientos; y todos los que podían, hombres y mujeres, solían ir a esa asamblea.

- Yo iré hoy allí - dijo Crunden -, como van todos los demás hombres.

- No vayas - dijo su mujer - ; pues sólo con que en la feria pronuncies mi nombre, me perderás para siempre.

- Entonces no hablaré de ti para nada - dijo Crunden.

Y marchó con los demás a la feria, donde había toda clase de entretenimientos, y estaba toda la gente del país.

A la hora nona llevaron el carro real al campo, y los caballos del rey ganaron la carrera.

Entonces los bardos y poetas, los druidas y los servidores del rey, y toda la asamblea, se pusieron a alabar al rey y la reina y sus caballos, y clamaron:"Nunca hubo mejores caballos que éstos; no hay quien corra más en toda Irlanda".

"Mi mujer corre más que esos dos caballos", dijo Crunden.

Cuando se lo contaron al rey, dijo:"Apresad a ese hombre, y retenedle hasta que se pueda traer a su mujer a que pruebe su suerte corriendo contra los caballos."

Así que le apresaron y le retuvieron, y se enviaron mensajeros del rey a la mujer.

Ella dio la bienvenida a los mensajeros y les preguntó a que iban.

- Venimos por orden del rey - dijeron - a llevarte a la feria, para ver si corres más deprisa que los caballos del rey; pues tu marido se ha jactado de que lo harías, y ahora está preso hasta que vayas tú a liberarle.

- Necedad de mi marido fue decir eso - dijo ella -; en cuanto a mí, no estoy en condiciones de ir, porque en seguida voy a dar a luz.

- Es lástima - dijeron los mensajeros -, porque si no vienes se dará muerte a tu marido.

- Siendo así, tengo que ir, pase lo que pase - dijo ella.

Conque con esto partió hacia la asamblea, y cuando llegó allí todos se agolparon para verla.

- No es decoroso mirarme, en el estado en que estoy - clamó ella -; ¿para qué me han traído aquí?

- Para correr contra los dos caballos del rey - gritó el pueblo.

- ¡Ay dolor! - dijo ella -; no me lo pidáis, pues ya se acerca mi hora.

- Sacad las espadas y matad a ese hombre - dijo el rey.

- Ayudadme - dijo ella al pueblo -, pues todos vosotros habeis nacido de madre.

- Y dijo al rey :- Dame siquiera un plazo hasta que nazca mi hijo.

- No doy ningún plazo - dijo el rey.

- Entonces la vergüenza que caerá sobre tí será mayor que la que caiga sobre mí - dijo ella -.

Y porque no has tenido conmigo ni piedad ni reseto, caerá sobre tí un mayor castigo que el que ha caído sobre mí.

Que traigan los caballos y los pongan a mi lado.

Echaron a correr, y Macha adelantó a los caballos y ganó la carrera.

En la meta le dieron los dolores del parto, y alumbró a dos hijos, niño y niña, y del dolor dio un gran grito.

De pronto acometió una debilidad a cuantos habían oído el grito, y de suerte que no tenían más fuerzas que la mujer allí tendida.

Y Macha dijo así: "De aquí en adelante, y hasta la novena generación, la vergüenza que habeis puesto sobre mí caerá sobre vosotros; y en el tiempo en en que mas necesiteis vuestra fuerza, en el tiempo en que vuestros enemigos os estén cercando, en ese tiempo la debilidad de una parturienta descenderá sobre todos los hombres de la provincia del Ulster."

Y así sucedió; y de todos los hombres del Ulster nacidos después de aquel día, ninguno escapó a aquella maldición.

Lithium
11-abr-2008, 17:15
este es uno de mis favoritos. :feliz:

Miré una vez más la foto: un rostro juvenil, de ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro. Era una belleza insolente, a mitad de camino entre la inocencia y la perversidad.
*Se llama Mercedes Gasset y va a estar en el hotel Los Faraones, el sábado, al mediodía.
Asentí con un movimiento de cabeza. Me entregaron el cincuenta por ciento de lo pactado y el pasaje de ida y vuelta. Dijeron que confiaban en mi, que el resto lo recibiría al final del trabajo. Asentí otra vez y pregunté si habían pensado en un sitio en especial. Uno de ellos dijo que la Cueva de los Verdes podría ser el lugar adecuado y agregó que no me costaría mucho llevarla hasta ahí. Realmente me tenían confianza. Supe que era hora de despedirse. En un par de días tendría que volar a Lanzarote para encontrarme con Mercedes Gasset.
El vuelo fue tranquilo, debí soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándome el encanto de las Islas Canarias. Le concedí un par de aprobaciones y simulé un sueño reparador. No me interesaban las islas y jamás había estado en Lanzarote, sólo tenía una vaga referencia por un cuento, o cierto capítulo de novela, en donde un hombre se encontraba con una mujer joven, para disfrutar del fin de semana. También yo iba a encontrarme con una mujer joven, pero no iba a disfrutar del fin de semana; iba a matarla.
La vi en el lobby del hotel. Se paseaba de un lado a otro, indecisa; aunque no parecía buscar a nadie. Finalmente se acercó a la barra y pidió un vaso de leche fría. El azabache de su pelo resultaba más inquietante que en la fotografía.
*No es el mejor modo de combatir la ansiedad *dije.
Me miró; sonrió levemente.
*¿Quién le ha dicho que estoy ansiosa?
*No hay más que verte.
*¿Psicólogo?
*Curioso.
Habíamos roto las barreras. Dijo que se llamaba Patricia; por alguna razón ocultaba su nombre, debía cuidarme. Dijo que era madrileña.
*Uruguayo*mentí.
Establecidas las reglas del juego, entretuvimos la tarde hablando tonterías.
*Si me prometés cambiar la leche por un Rioja digno de nosotros, esta noche cenamos juntos.
*¿Y si no?*preguntó.
*Nos encontraríamos para el café.
*Ya no tengo ansiedad *dijo y volvió a sonreír*. A las nueve, aquí mismo.
La vi marcharse. Esa muchacha me gustaba más de la cuenta; mi oficio prohíbe ese tipo de gustos. Pensé que un whisky doble expulsaría el mal sentimiento, lo bebí de un trago, pero la muchacha me seguía gustando. Miré la hora, faltaban unos minutos para las siete. Acaso dormir ayudaría. Pedí la llave de mi habitación y ordené que me llamaran a las ocho y media.
Fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas. Caminaba con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas. Tuve la fantasía de que algunas horas después se lo iba a quitar.
*Magnífica*dije por todo saludo y llamé al barman. Dijo que no iba a beber. Le recordé la promesa; agregó que sólo bebería vino, durante la comida. Parecía una niña obediente; fuimos hacia la mesa.
Elegimos una exquisita carne de ternera, rociada con salsa de champiñones y acompañada de arroz blanco. Supe que en la bodega del hotel había Vega Sicilia y no vacilé: iba a ser su última cena; merecía el mejor de los vinos. Lo gozamos hasta la última gota y sirvió para recrear nuestras mentiras. Dijo que estaba en la isla con el propósito de recoger material para un futuro trabajo acerca de la identidad canaria. Quiso saber de mí. Me inventé una profesión liberal y un desengaño amoroso, dije que no quería hablar ni de una cosa ni de la otra. A la hora del café y el coñac, le confesé que me gustaba más de la cuenta y por primera vez, a lo largo de la noche, estaba diciendo la verdad.
Decidimos que fuese en mi cuarto. Estábamos de pie, junto a la cama y sólo nos iluminaba la luna; se oía el ruido del mar, pero ni la luna ni el mar me importaron: toda mi atención estaba en ese cuerpo magnífico, sin una sola mentira. La comencé a desnudar, con la devoción que se pone en los grandes ritos. Me detuve en sus pechos, pequeños y armoniosos, y los besé lentamente; un imperceptible quejido y el minúsculo vibrar de su piel me hicieron comprender que no había errado el camino. Ahí me quedé. Buscó mi sexo y al rato estábamos desnudos sobre la cama. Cada vez me gustaba más y ella se encargaba de fomentarlo: se acostó sobre mí y me cubrió con una ternura indescriptible, hasta que llegó el momento de las palabras entrecortadas y los pequeños gritos. Era una pena quitar al mundo a una muchacha así; la abracé casi con cariño. Se quedó dormida de inmediato. Estuve mucho tiempo mirando el techo y pensando en esas desarmonías, ajenas a uno, que lamentablemente no tienen arreglo. Recordé a De Quincey: "Si alguien empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente".
Un par de horas más tarde ella abrió los ojos y me dijo algunas cosas que ahora prefiero olvidar. Le pregunté si conocía la Cueva de los Verdes y le propuse una excursión a la mañana siguiente. Dijo que sí. No sabía que estaba firmando su sentencia de muerte.
Un simple estuche de máquina fotográfica fue el refugio ideal para la Beretta 7,65, con silenciador incluido. Tomé un café sin azúcar, de camino a la cueva de los verdes. Habíamos decidido encontrarnos ahí a las diez de la mañana. La descubrí mezclada con un contingente turístico. Seguimos al guía y nos enteramos de que estábamos ingresando en una cueva que, trescientos años atrás, había construido la lava volcánica. Era un túnel que se prolongaba por kilómetros y kilómetros y del que apenas se habían explorado algunos miles de metros.
*Alguna vez fue refugio de los guanches* dijo a media voz.
*¿Los guanches?
*Los primeros habitantes de la isla* completó.
"Y ahora será tu tumba", pensé, con dolor. Conseguí que cerrásemos la marcha de los entusiasmados turistas y así anduvimos entre las tinieblas. Algunos temas de Pink Floyd y unas pocas luces de colores, astutamente distribuidas, le daban el toque fantasmagórico que el sitio precisaba. Los hijos de **** de mis clientes habían sabido elegir el lugar: un cadáver podría permanecer ahí por largo tiempo, hasta que el mal olor de su putrefacción lo delatase. Pensé que ese cadáver iba a ser el de Mercedes y sentí un ligero malestar. Decidí terminar el trabajo de una vez por todas y me detuve, con la excusa de ver algo. El contingente siguió su marcha, ignorándonos. Abrí el estuche fotográfico.
* Aquí no se pueden sacar fotos *bromeó.
*No pienso sacar fotos *dije.
La Beretta en mi mano obvió cualquier otro comentario.
*No entiendo *dijo y había sorpresa en su espanto.
*No es necesario que entiendas *dije.
*Hay un error *dijo, casi suplicante*. Tiene que haber un error.
Dije que en estos casos nunca hay errores y apreté el gatillo. Se oyó un sonido corto y seco. Mercedes intentó decir algo, pero todo quedó reducido a un gesto de dolor y desconcierto. En mitad de su frente, casi a la altura de sus cejas, comenzó a bajar un hilo de sangre. Di un paso atrás y vi cómo su bello cuerpo se derrumbaba para siempre. Con ternura la llevé hasta el rincón más escondido de la cueva y la cubrí con cenizas de lava. Me sacudí las manos y la ropa, comprobé que no había señales delatorias y caminé rápido hacia donde estaba el contingente. Habían pasado menos de diez minutos. Nadie reparó en su ausencia: estaban encantados jugando con el eco, una de las maravillas de esa cueva de la muerte.
Los pasos siguientes serían de pura rutina: debía desprenderme del arma y de la documentación fraguada. En Barcelona tendría tiempo de afeitar mi barba tirar a la basura los anteojos de falso documento. Entré en el hotel pensando en una ducha fría. Iba a pedir la llave de mi cuarto, cuando una voz femenina, sus palabras, me enmudecieron.
*Me llamo Mercedes Gasset *oí*. Hay una reserva a mi nombre. Tenía que haber llegado ayer.
Giré la cabeza y la vi. Ojos grandes, labios sensuales y pelo agresivamente negro: era mi víctima, la real, que llegaba con un día de atraso. Pidió un whisky. Pensé en Patricia, sola en la Cueva de los Verdes, cubierta de ceniza de lava; sentí un odio feroz por esta impostora e imaginé para ella un final innoble e inmediato. Diga lo que diga De Quincey, no hay que dejar las cosas para el día siguiente. Me acerqué y le dije que ése no era el mejor modo de combatir la ansiedad. Sonrió.


del libro "El final de la calle", de Vicente Battista. © 1992 Emecé

Este cuento esta buenisimo ...me gustó ..tiene sensualidad ,,su grado de perversidad , suspenso y moraleja ...equisdé

ancient evil
11-abr-2008, 17:46
LA ESPERANZA
Jean-Mari Mathias Philippe Auguste, conde de Villiers de L'Isle Adam.
___________


Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares1 del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.

Este prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que -aborrecido por sus préstamos usurarios y por su desdén de los pobres- diariamente había sido sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, "duro como su piel", había rehusado la abjuración.

Orgulloso de una filiación milenaria -porque todos los judíos dignos de este nombre son celosos de su sangre-, descendía talmúdicamente de la esposa del último juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los incesantes suplicios.

Con los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino, pronunció estas palabras:

-Hijo mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su contumaz esterilidad está condenada a secarse... pero sólo a Dios toca determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá para ti en el supremo instante! ¡Debemos esperarlo! Hay ejemplos... ¡Así sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe; es decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.

Dichas estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso, ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero se quedó solo, en las tinieblas.

*

El rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin atención precisa la puerta cerrada. "¿Cerrada?..." Esta palabra despertó en lo más íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el dedo con suma precaución, atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la puerta había quedado abierta.

El rabino arriesgó una mirada hacia afuera.

A favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que había labrados unos escalones; y en lo alto, después de cinco o seis peldaños, una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no le era posible entrever, desde abajo, más que los primeros arcos.

Se arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire; el fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz, porque era la última.

Sin titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo martirizaba una llaga.

De repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta senda de piedra. Tembló, la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.

Era un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, lo hizo pensar en volver a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal vez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía. ¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible. Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.

De nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.

Ya cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.

Desfalleciente, sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder, absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin verlo.

Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. Esta idea atravesó su cerebro: ¿No me ven porque estoy muerto? Sobre las rodillas, sobre las manos, sobre el vientre, prosiguió su dolorosa fuga, y acabó por entrar en la parte oscura del espantoso corredor.

De pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó: Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió bajo su mano y la silenciosa puerta giró.

*

La puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba hacia la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban. Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al firmamento. Fue un éxtasis.

Entonces creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado, bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos los ojos de lágrimas y con el aire del pastor que encuentra la oveja descarriada.

Mientras el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los brazos del Inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:

-¡Cómo, hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?

Lithium
12-abr-2008, 18:53
y La Reina Vendrá

El día se anunciaba con los primeros rayos de sol que atraviesan los cristales, inundando mi habitación con un tímido color naranja.

Por costumbre, intento levantarme y en ese instante recuerdo que es domingo, me puedo quedar mas, ya que es el día que dedico para mi, para darme los gustos.

Ya saboreando el volver a dormirme, me recuesto lentamente, y en ese momento, con tremendo asombro veo que no estoy solo en la cama, una mujer está placidamente dormida, casi acurrucada, con su brazo en mi cintura y su manito en mi pecho.

Mi mente trata en vano de entender, o recordar, si es que hay algo que deba recordar. Impactado por el hallazgo, por un momento, me quedé inmóvil hasta en el pensamiento, solo mi corazón parecía escucharse en aquel cuarto, ese mismo corazón que gritaba su deseo de que esa mujer, fuera ella, mi reina.

Su cabello oscuro, lacio y medianamente largo, le cubría el rostro, su respiración suave y pausada, casi imperceptible, denotaba la profundidad de su sueño, era la imagen mas parecida a la de un ángel que pueda recordar, hasta el exquisito y particular aroma de su piel parecía angelical, un aroma que sin duda a partir de hoy reconocería entre miles.

Una mezcla de sensaciones corrían por mi ser, ansiedad, curiosidad, embelesamiento, emoción, y algunas otras que se entrelazaban llevándome un poco a la confusión.

Incliné la cabeza, acompañando su posición, para poder así tratar de identificar a mi anónima compañera, mientras mi mente ya había acoplado a los gritos de mi corazón, y se habían transformado en un dúo que no me dejaba razonar. Estuve unos instantes observándola, pero mi esfuerzo fue inútil, su cabello no me permitía ver, y mi ansiedad, seguía creciendo, lo único que me sosegaba era la belleza de aquella imagen. Me falto coraje para tocarla, sentí miedo de que fuera una ilusión y desapareciera, tan por arte de magia, como por el que había aparecido.

Tratando de tomar un segundo para ordenar mis pensamientos, despacio me volví a recostar, pero la confusión aumento a su punto máximo, al comenzar a ver en donde estaba.

Todo había sucedido tan rápido, todo había sido tan raro, que no había puesto atención en lo que me rodeaba.

Aquella no era mi habitación, ninguna de mis cosas estaban ahí, era mucho mas hermosa, y decorada con un delicado gusto, se podía ver la mano de una mujer sensible en esa obra. Todo a mi alrededor había cambiado, pero yo, sentía que lo conocía, como si realmente viviera allí, como si supiera la historia de cada cosa que había en ese cuarto, incluso sabía como era el resto de la casa, sus alrededores, su vecindario, en realidad, todo parecía estar en mi memoria.

Por momentos sentí la sensación de estar volviéndome loco, ya no podía distinguir lo que tenia en la memoria, ya no sabía diferenciar una realidad de la otra, parecían estar las dos corriendo juntas, como si fueran dos vidas paralelas.

Respire hondo, trate de calmarme, y una vez mas, vino a mi mente la presencia de la dama misteriosa. Ahora ya podía ver la imagen total, el todo de la situación, y aunque eso, no significara que la entendiera, me gustó, me gustó estar allí, y no importó como había sucedido, era mágico, era incomprensiblemente mágico.

Ya habiendo aceptado lo que pasaba como la realidad que estaba viviendo, el dúo comenzó a gritar de nuevo y esta vez también yo me adherí a aquel deseo.

Lentamente, acerque mi mano hasta su cara, y con todo cuidado para no despertarla, fui corriendo su cabello, mi corazón parecía salirse de mi cuerpo, antes de alcanzar a verla cerré los ojos y desee que fuera ella, que si alguien tenia que ser, que fuera la dueña de mi alma, que aunque miles de kilómetros nos separaban, la magia lo podía solucionar, ahora, en este instante.

Con ansia y con miedo, abrí los ojos, y la pude ver, la pude reconocer, y la imagen del ángel se reafirmó, mi corazón vibró, y una gran emoción inundó mi pecho, era ella, era mi reina, la dueña de mi alma, mi amor lejano, mi mas cercano amor.

La magia había sido completa, no se había guardado nada, no podía creer lo que estaba viendo, pero inmediatamente comencé a disfrutarlo. Sin tocarla la observé, la contemplé queriendo grabar a fuego aquella imagen en mi memoria, todavía sentía miedo de que todo desapareciera como vino.


No se cuanto tiempo la adoré con mi mirada, por que el tiempo dejo de correr cuando descubrí que era ella.

Lo que tanto había soñado, lo que tanto había deseado, lo que tanto había imaginado, ahora estaba sucediendo, y una dulce paz comenzó a fluir en mi, quería que ese momento de detuviera en el tiempo, quería quedarme ahí para siempre.

Pero me di cuenta, que recién comenzaba el día, y que tal vez podría seguir en aquel mundo de maravilla.

Con todo el amor del mundo, acaricié su mejilla con las yemas de los dedos, casi sin tocarla, y con voz muy bajita comencé a llamarla. Sólo un pequeño gemidito, fue la respuesta que me dio, y acomodó la cabeza contra mi pecho, abrazándome mas fuerte.

Volví a llamarla y esta vez si comenzó a abrir sus hermosos ojitos marrones, yo no sabía como reaccionaría ella al ver lo que estaba sucediendo. Increíblemente, me habló como si esa fuera su vida diaria, de modo que decidí olvidarme de mi vieja memoria y quedarme en esta, que lógicamente era en la que deseaba quedarme.

Nos levantamos, desayunamos, y para ella no parecía haber nada extraño aquel día, yo en cambio, si bien sentía que tocaba el cielo con las manos, no podía dejar de llamarme la atención, pero no quería averiguar mucho, en realidad.

jiturbur