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25-sep-2005, 20:08
Los Contadores de Cuentos. Narradores de nuestras campiñas…
Por Fabricio Valdivieso, Arqueólogo
Todos frente al fuego, con luz parda en sus rostros asombrados escuchaban el relato del anciano: contaba cuentos, uno tras otro, mientras la imaginación de todos consumía los leños, y con ello las primeras horas de la noche. Era aquel, el contador de cuentos.
¿En nuestro país, el contador de cuentos habrá existido desde los tiempos de nuestros abuelos indígenas? Debemos remontarnos hacia los tiempos de oscuridad, lejos de la existencia de energía eléctrica, aquellas ciudades, en cuyo interior de los hogares se reunían visitantes para escuchar canto, o alguien tocando un instrumento o recitando poesía, entretenimientos previos a la radio o la televisión. Ejecutar un instrumento musical o leer cuentos o noticias venidas de lejos era algo del común citadino de aquel tiempo. Pero, mientras tanto, ¿Qué fue de la vida comunitaria en las poblaciones campesinas de la época?. He aquí un dato interesante.
En repetidas ocasiones, entre campesinos se escuchan referencias de la antigua existencia de gente que se encargaba de contar cuentos a quienes se les conocía como “los contadores de cuentos”. Aquel que por las noches sentaba a los cipotes en grupo, frente al fuego y les contaba, a memoria y gestos, historias del campo y mitos, entre ellas, muchas leyendas ahora desaparecidas.
Es de suponer que entre aquellos cuentos se colaban viejas versiones de la Ciguanaba y el Cipitío, la Carreta Chillona, y otras ahora más comunes que antes. Se pensaría que quizás de aquella tradición de contar cuentos nacieron algunas de éstas leyendas, emanadas por los mismos cuenteros anónimos. Estos cuenteros efectivamente existieron, en aquellos pueblos sin luz eléctrica ni agua de chorro, y profundamente agrícolas. Sus relatos parten de ese mundo campesino, contando tras sus palabras su verdadera esencia, su idiosincrasia, su sentir, su verdad. De este modo, en un mundo sin letras, sin el cuento de cuna de un libro y con tan lúcida imaginación para el relato de quién no escribe, cuan buenos escritores pudieron o pudiesen existir en nuestra campiña.
Hoy día, la ciencia se beneficia del relato de aquellos contadores de cuento. En otras partes del mundo, la antropología y arqueología busca colectar leyendas y cuentos venidos de la narrativa campestre. Con ello, se abre una ventana para conocer las culturas y el mundo emocional de las mismas, lo cual le da significado a sus demás creaciones. Entre éstos se citan rubros como las artesanías y expresiones folklóricas mediante la música y la danza. O hasta en determinados platillos típicos, entre algunos que traen a cita el origen de los mismos tras una leyenda, permitiéndoles mayor aceptación colectiva, entre otros casos.
El contador de cuentos como un personaje en la historia campesina, transmitía el espíritu del campo. De él deriva mucha de la creencia popular.
Las leyendas y los mitos encierran pasajes algunas veces con trasfondo religioso entremezclado con recuerdos personales de quien los narra, o con miedos o preocupaciones permanentes. Ubican la narrativa en una atmósfera determinada, otorgándoles así un carácter legendario, encerrando algunas veces una moraleja. De este modo, el narrador o sus oyentes consideran estos relatos como verídicos, compenetrándose con ello en la cultura y en la vida diaria. Lo anterior permite que la narrativa manipule con mayor facilidad la imaginación. Mientras más asombroso es la narración, al tiempo en que el entorno de quien lo narra o de quien lo escucha se integra al relato, se garantizará de este modo mayor perennidad. En otras palabras, mientras existan ríos en donde se tome un baño la Ciguanaba, o mientras las generaciones aun vean pasar carretas por el campo, aquella mujer embrujada y la Carreta Chillona seguirán existiendo por tradición oral para el asombro de todos.
Los contadores de cuentos han existido en muchas partes del mundo. Algunos consideran que el origen del Patrimonio Intangible designado por UNESCO deriva de los contadores de cuentos de Marruecos. Es curioso este relato, el cual, a modo de leyenda, narra que en Marruecos se tiene una plaza en donde se juntan los Contadores de Cuentos. Un día el gobierno de Marruecos solicitó a la UNESCO declararlos Patrimonio, no a la plaza ni a los cuentos que se narraban, sino a los narradores, a los contadores de cuentos, aquellos que tienen como vocación el saber contar cuentos, los cuales vendrían a ser considerados como un patrimonio vivo. Partiendo de ello, la UNESCO pronuncia la declaración de “Obras Maestras de la Humanidad en Relación al Patrimonio Oral e Intangible”, asimismo se estableció también un programa de Tesoros Humanos Vivos, con la finalidad de promover destrezas y técnicas tradicionales antes de su desaparición.
Hoy día, con el entretenimiento muy a nuestro alcance, como la televisión y la radio, o muchísimos libros e incluso el Internet, videos y de más, El Contador de Cuentos, tanto aquí como en cualquier parte del mundo, día a día desaparece del campo, y se convierte más en un cuento de su propio personaje.
Por Fabricio Valdivieso, Arqueólogo
Todos frente al fuego, con luz parda en sus rostros asombrados escuchaban el relato del anciano: contaba cuentos, uno tras otro, mientras la imaginación de todos consumía los leños, y con ello las primeras horas de la noche. Era aquel, el contador de cuentos.
¿En nuestro país, el contador de cuentos habrá existido desde los tiempos de nuestros abuelos indígenas? Debemos remontarnos hacia los tiempos de oscuridad, lejos de la existencia de energía eléctrica, aquellas ciudades, en cuyo interior de los hogares se reunían visitantes para escuchar canto, o alguien tocando un instrumento o recitando poesía, entretenimientos previos a la radio o la televisión. Ejecutar un instrumento musical o leer cuentos o noticias venidas de lejos era algo del común citadino de aquel tiempo. Pero, mientras tanto, ¿Qué fue de la vida comunitaria en las poblaciones campesinas de la época?. He aquí un dato interesante.
En repetidas ocasiones, entre campesinos se escuchan referencias de la antigua existencia de gente que se encargaba de contar cuentos a quienes se les conocía como “los contadores de cuentos”. Aquel que por las noches sentaba a los cipotes en grupo, frente al fuego y les contaba, a memoria y gestos, historias del campo y mitos, entre ellas, muchas leyendas ahora desaparecidas.
Es de suponer que entre aquellos cuentos se colaban viejas versiones de la Ciguanaba y el Cipitío, la Carreta Chillona, y otras ahora más comunes que antes. Se pensaría que quizás de aquella tradición de contar cuentos nacieron algunas de éstas leyendas, emanadas por los mismos cuenteros anónimos. Estos cuenteros efectivamente existieron, en aquellos pueblos sin luz eléctrica ni agua de chorro, y profundamente agrícolas. Sus relatos parten de ese mundo campesino, contando tras sus palabras su verdadera esencia, su idiosincrasia, su sentir, su verdad. De este modo, en un mundo sin letras, sin el cuento de cuna de un libro y con tan lúcida imaginación para el relato de quién no escribe, cuan buenos escritores pudieron o pudiesen existir en nuestra campiña.
Hoy día, la ciencia se beneficia del relato de aquellos contadores de cuento. En otras partes del mundo, la antropología y arqueología busca colectar leyendas y cuentos venidos de la narrativa campestre. Con ello, se abre una ventana para conocer las culturas y el mundo emocional de las mismas, lo cual le da significado a sus demás creaciones. Entre éstos se citan rubros como las artesanías y expresiones folklóricas mediante la música y la danza. O hasta en determinados platillos típicos, entre algunos que traen a cita el origen de los mismos tras una leyenda, permitiéndoles mayor aceptación colectiva, entre otros casos.
El contador de cuentos como un personaje en la historia campesina, transmitía el espíritu del campo. De él deriva mucha de la creencia popular.
Las leyendas y los mitos encierran pasajes algunas veces con trasfondo religioso entremezclado con recuerdos personales de quien los narra, o con miedos o preocupaciones permanentes. Ubican la narrativa en una atmósfera determinada, otorgándoles así un carácter legendario, encerrando algunas veces una moraleja. De este modo, el narrador o sus oyentes consideran estos relatos como verídicos, compenetrándose con ello en la cultura y en la vida diaria. Lo anterior permite que la narrativa manipule con mayor facilidad la imaginación. Mientras más asombroso es la narración, al tiempo en que el entorno de quien lo narra o de quien lo escucha se integra al relato, se garantizará de este modo mayor perennidad. En otras palabras, mientras existan ríos en donde se tome un baño la Ciguanaba, o mientras las generaciones aun vean pasar carretas por el campo, aquella mujer embrujada y la Carreta Chillona seguirán existiendo por tradición oral para el asombro de todos.
Los contadores de cuentos han existido en muchas partes del mundo. Algunos consideran que el origen del Patrimonio Intangible designado por UNESCO deriva de los contadores de cuentos de Marruecos. Es curioso este relato, el cual, a modo de leyenda, narra que en Marruecos se tiene una plaza en donde se juntan los Contadores de Cuentos. Un día el gobierno de Marruecos solicitó a la UNESCO declararlos Patrimonio, no a la plaza ni a los cuentos que se narraban, sino a los narradores, a los contadores de cuentos, aquellos que tienen como vocación el saber contar cuentos, los cuales vendrían a ser considerados como un patrimonio vivo. Partiendo de ello, la UNESCO pronuncia la declaración de “Obras Maestras de la Humanidad en Relación al Patrimonio Oral e Intangible”, asimismo se estableció también un programa de Tesoros Humanos Vivos, con la finalidad de promover destrezas y técnicas tradicionales antes de su desaparición.
Hoy día, con el entretenimiento muy a nuestro alcance, como la televisión y la radio, o muchísimos libros e incluso el Internet, videos y de más, El Contador de Cuentos, tanto aquí como en cualquier parte del mundo, día a día desaparece del campo, y se convierte más en un cuento de su propio personaje.